Hace unos días deambulaba por la ciudad. Buscaba, tal vez, un nuevo punto de vista para algo ya contemplado muchas veces. La curiosidad me hizo atisbar por la reja de un garaje el patio de una vieja casa. Lo circundaba un muro muy alto, de minucioso engarce de piedrecitas, pedazos de teja y ladrillos, como de vivienda inacabada, de mesa puesta a la que solo falta la comida, y cuyos comensales se han marchado de pronto sin saber nosotros por qué.

Me estremeció el extraño vértigo de la fascinación. Parecía que me había asomado a otra época. Allí, había matas de mango, aguacate y limón, patos y gallinas, y una edificación antigua en ruinas. Era un espacio incontaminado: sin ruido de automóviles ni de música a todo volumen, sin afeites decorativos para atraer turistas y sin productos de dudosa autenticidad. Sencillamente sorprendente, en una ciudad que desde hace veinte años se ha sumergido en la vorágine que significa ser polo turístico, con un riesgo siempre latente de pérdida de la identidad.

Comprendí, de súbito, qué es lo intangible en una localidad patrimonial. No es, como mucha gente cree, la simple proyección —y captación— de lo espiritual que subyace en las manifestaciones de la oralidad. Es mucho más, es la aprehensión por nuestra mente de las sugerencias que brinda el mundo a nuestro alrededor, pero sobre todo el ser humano, como dijera un filósofo en cierta ocasión: por todas partes vi ruinas y en todas estaba siempre el hombre.

Asomarse a Trinidad es asomarse a medio milenio de realizaciones humanas, de una comunidad que fue integrando pasado y presente, voluntad de sobrevivir y conservar lo que había logrado. Atesora la memoria de generaciones sucesivas, ir y venir de gente de diversos lugares del mundo, costumbres, modos de vida, proyecciones culturales, que van más allá del espacio edificado, pero que están presentes en la vivienda, en el patio, en la calle y en la plaza pública.

Precisamente esa interacción de vida y espacio edificado, de espíritu y materialidad, tan orgánica en este lugar, le otorga una personalidad citadina excepcional en Cuba y el resto del mundo, que permite compartir la apreciación carpenteriana acerca de lo real maravilloso, como lo extraordinario dentro de la realidad.

Lo más preciado de Trinidad es su preservación e integración de la diversidad sociocultural, que ha acumulado como ciudad histórica que transita la historia y la cultura de Cuba al ser parte de las primeras villas fundadas en el proceso de colonización temprana en el siglo XVI. El conquistador trajo la fuerza del idioma y de su imaginario, los incorporó al sustrato aborigen y africano, que añadió creencias, mitos, modos de pensar, hábitos y costumbres en nuestro extraordinario proceso de transculturación, y surgió una nueva dimensión cultural en un largo transcurso colonial, lo cual, indudablemente, tiene gran peso en la cualidad de lo intangible en esta localidad.

Por su parte, poco más de un siglo de vida republicana ha mantenido ese legado e incorporado el propio —de una nueva época— en la vida cotidiana, las ideas y aspiraciones de las personas comunes y corrientes que se integran en la dinámica urbana. Su testimonio aparece en la oralidad, en textos y objetos aparentemente insignificantes, que, sin embargo, constituyen la memoria cultural de todo tiempo.

“Trinidad se mantuvo siempre como una vieja elegante”, me dijo un día un amigo. Tal vez no haya otra definición de la ciudad más popular que esta, una urbe antigua cuya belleza radica en el misterio que dan los siglos, en la sencillez de sus costumbres o en la simple alegría de vivir de sus habitantes.